Y si Dios no nos conoce

Y si Dios no nos conoce

¿Qué pasaría si Dios no nos conoce? Esta pregunta nos la deberíamos de hacer al leer el Evangelio de San Lucas 13, 22 – 30. Éste empieza con la pregunta: ¿serán pocos los que se salven? Luego el Señor nos habla de la puerta estrecha y cómo muchos intentarán entrar y no podrán.  Al finalizar este episodio, el Señor nos relata la parábola del amo y de la puerta cerrada.

En esta parábola, el amo cierra la puerta de su casa. Algunos se quedaron fuera de la misma y tocan a la puerta. Ellos dicen desde afuera: “Señor, ábrenos”.  Pero el amo les contesta desde adentro: “No sé quiénes sois”. A pesar de la negativa, los de afuera vuelven a insistir y a abogar por dejarles entrar. Con todo eso, el amo vuelve a repetir las mismas palabras: “No sé quiénes sois”. Al final les dice: “Alejaos de mí, malvados”. Son palabras muy duras.

Podemos entender la parábola si la visualizamos de esta manera: el amo, Jesús; la casa, la vida espiritual en Jesús; el cerrar la puerta, nuestra muerte. Por la misma parábola, sabemos que Jesús nos quiere en su casa. Él procura que estemos a su lado. Él nos pide su amor.

Dice el refrán que nadie ama lo que no conoce. Para poder amar a Jesús, debemos conocerle. Por eso las palabras tan duras del Evangelio: “No sé quiénes sois”. Si nos pasamos la vida fuera de la casa de Jesús; es decir, fuera de una vida espiritual con Jesús, Él nos dirá que no nos conoce.

Para conocer a alguien debe haber cierta intimidad con la otra persona. Hay que tener un espacio y un tiempo para tratar a la otra persona. Para tener esa intimidad con Jesús podemos hacer las siguientes dos cosas: oración y Eucaristía.

La oración es un hablar con Jesús. Un contarle nuestras cosas. Un escuchar su voz en nuestro interior. En otras palabras, un tratarle como tratamos a nuestros seres queridos.

Por medio de la Eucaristía, Jesús se nos da con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad. Es decir, se nos da de una manera real y total. Por ello, la Eucaristía nos transforma en otros Cristos.

La oración y la Eucaristía son momentos de encuentro con Jesús. Son momentos de intimidad con Él. Son momentos en los que podemos conocerle y en los que podemos dejarle que nos conozca. Ambos son pilares para tener una vida espiritual en Jesús.

Debemos aprovechar ahora, mientras estamos vivos. Conocerle y amarle, hoy y ahora. Si lo conocemos antes de morir, seguiremos con su amor en el Cielo. Si morimos sin conocerle, ya no habrá otra oportunidad para conocerle. Ahora es el tiempo para la oración y para la Eucaristía; sino, al morir será muy tarde. Nuestra salvación depende de ello.

Así que a la pregunta de: “¿serán pocos los que se salven?”, podemos decir que esos pocos o esos muchos que se salven tienen como común denominador la oración y la Eucaristía. Los santos, hombres de carne y hueso como nosotros, tenían esos dos momentos. Eran devotos de la oración y de la Eucaristía.

Por tanto, no preguntéis si son pocos o muchos los que se salvarán. Procura cultivar un vida de oración y una vida eucarística. Con ambas, no habrá dudas de que podrás salvarte.

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